Tres rituales somáticos para volver a ti

Tres rituales somáticos para volver a ti

Para esos días en los que te sientes lejos de tu cuerpo, de tu calma y de ti misma. Hay días en los que una no sabe exactamente qué le pasa.

No es tristeza del todo. No es enojo. No es cansancio solamente. Es más bien una sensación de estar lejos. Lejos del cuerpo, del centro, de esa parte tuya que normalmente sabe respirar, reírse, elegir con claridad, moverse con gracia aunque sea por dentro.

Y entonces una sigue.
Hace café.
Responde mensajes.
Ordena algo.
Trabaja.
Cuida.
Sostiene.

Pero por dentro se siente como si el alma hubiera salido un momento a tomar aire y todavía no regresara.

A mí me pasa.
Y sé que a muchas mujeres también.

Sobre todo en esas etapas de cambio, cuando el cuerpo empieza a hablar distinto.
Cuando la energía sube y baja sin pedir permiso.
Cuando el deseo cambia de forma.
Cuando hay días en los que una se reconoce hermosa y otros en los que no se reconoce nada.

Por eso amo tanto los rituales somáticos. Porque no vienen a exigirte más. No vienen a corregirte. No vienen a decirte que te falta disciplina, fuerza o actitud. Vienen a recordarte algo mucho más simple y más humano: puedes volver a ti desde el cuerpo.

No pensando más.
No explicándote más.
No intentando entenderlo todo.

A veces basta con respirar distinto.
Mover un poco las caderas.
Poner una mano sobre el pecho y otra sobre el vientre.
Y recordar, aunque sea por unos minutos, que sigues aquí.

Que tu cuerpo no es un problema que resolver.
Es un lugar al que regresar.

Hoy quiero dejarte tres rituales muy simples.

1. Manos sobre el vientre

Para cuando todo se siente demasiado

Este ritual lo hago mucho cuando me siento revuelta por dentro. Cuando tengo demasiadas cosas en la cabeza. Cuando estoy sensible y no quiero pelear con eso.
Cuando siento ansiedad, pero también cansancio. Cuando no necesito una solución, sino un poco de sostén. Es un gesto pequeño, pero profundamente amoroso.

Ponerte las manos sobre el cuerpo cambia algo.
Es como si una parte tuya le dijera a la otra:
“No te preocupes, aquí estoy.”

Y a veces eso basta para empezar

Cómo hacerlo

Siéntate en tu cama, en el sofá o incluso en el borde de una silla. Pon una mano sobre el pecho y la otra sobre el vientre. No hace falta que cierres los ojos si no quieres. Solo quédate ahí.

Inhala suave por la nariz.
Y exhala más lento de lo que inhalas.
Nada más.

Puedes contar así si te ayuda:
4 al inhalar
6 al exhalar

Hazlo durante uno, dos o tres minutos.

Eso es todo.

Qué sentir? No busques “hacerlo bien”. No busques entrar en un estado perfecto. Solo nota el calor de tus manos. El peso del cuerpo. El pequeño movimiento del vientre. La ternura de no abandonarte. Hay algo muy reparador en tocar el propio cuerpo sin juicio.
Puedes decirte por dentro: “No tengo que poder con todo ahora mismo. Estoy volviendo. Poco a poco, pero estoy volviendo.”

Cuándo hacerlo

Cuando te despiertas acelerada.
Cuando sientes un nudo en el pecho.
Cuando estás a punto de llorar y no sabes por qué.
Cuando te sientes desconectada de ti y necesitas una forma suave de regresar.


2. Sacudir el peso

Para cuando estás irritable, saturada o llena de algo que no sabes nombrar

Hay días en los que una está a nada de contestar mal. De cerrar la puerta fuerte. De llorar por cualquier cosa. De sentir que todo molesta. Y muchas veces no es que seas “demasiado sensible”. Es que llevas demasiado adentro.

Demasiado esfuerzo.
Demasiado silencio.
Demasiada exigencia.
Demasiadas cosas tragadas.

A veces el cuerpo no necesita que lo analices. Necesita que lo dejes moverse.

Este ritual es para eso.

No para verte bonita. No para bailar impecable. No para sanar tu linaje a las siete de la mañana. Solo para sacudir un poco el peso.

Cómo hacerlo

Ponte una canción con ritmo. Puede ser algo tribal, algo suave con percusión, una canción latina que te mueva las entrañas, o lo que sea que tu cuerpo reciba como permiso.

Y durante dos o tres minutos, deja que el cuerpo haga esto:

sacude las manos
afloja las muñecas
mueve los hombros
rebota un poquito las rodillas
deja que la pelvis se suelte
exhala por la boca si te nace

No lo pienses mucho. Solo deja que el cuerpo descargue. Como cuando un animal sale del susto y se sacude. Así.

Qué pasa cuando lo haces

A veces al principio te sientes rara. O tiesa. O incluso un poco ridícula.

Sigue.

Porque debajo de esa primera capa suele haber otra cosa:
cansancio
rabia
tristeza
frustración
o simplemente energía retenida

Y cuando eso empieza a moverse, algo se abre.

No siempre vas a terminar feliz.
Pero sí más verdadera.
Más liviana.
Más dentro de ti.

Una frase para acompañarte

Puedes repetirte: “No tengo que tragarme todo.” “Esto también se puede mover.”

Cuándo hacerlo

Después de una conversación pesada.
Después de muchas horas sentada.
Cuando te sientes irritable sin razón clara.
Cuando necesitas descargar antes de explotar o apagarte.

3. La danza del ombligo

Para cuando quieres volver a sentirte mujer, cuerpo, presencia

Este ritual es de los más bonitos porque no nace desde la urgencia, sino desde el deseo de reencontrarte. No siempre estamos mal. A veces simplemente estamos apagadas. Planas. En automático.

Nos vestimos rápido.
Nos miramos poco.
Nos tocamos menos.
Nos movemos lo justo para cumplir.
Y sin darnos cuenta, dejamos de habitarnos con belleza.

Entonces este ritual viene como una invitación suave.
No a seducir a nadie.
Sino a recordarte a ti misma que sigues viva adentro de tu cuerpo.

Cómo hacerlo

Ponte una canción que te guste de verdad. Una que tenga algo de piel, de agua, de noche, de fuego. La que te haga sentir que hay algo en ti que todavía quiere abrirse.

Párate descalza si puedes.
Flexiona apenas las rodillas.
Relaja la mandíbula.
Y empieza a hacer pequeños círculos con la cadera.

Lentos.

Como si estuvieras dibujando una luna con tu ombligo.
Como si el centro del cuerpo despertara de a poco.

No hace falta hacer más.

Solo círculos.
Respiración.
Presencia.

Si el cuerpo pide otro movimiento, síguelo. Si quiere quedarse ahí, también.

Qué puede despertar

A veces ternura.
A veces sensualidad.
A veces nostalgia.
A veces ganas de llorar.
A veces ganas de sonreír sin motivo.

Todo eso está bien.

Porque este ritual no busca ponerte “sexy”. Busca devolver intimidad contigo. Y eso, para muchas mujeres, es profundamente sanador.

Una frase para acompañarte

Puedes susurrarte: “No estoy perdida. Solo estaba lejos de mí.” “Mi cuerpo todavía sabe el camino.”

Cuándo hacerlo

Antes de ducharte.
Antes de vestirte.
Al final del día.
Cuando te sientes apagada.
Cuando te miras con dureza.
Cuando necesitas volver a sentir belleza desde adentro y no desde el espejo.

Lo más importante de todo esto

No conviertas estos rituales en otra exigencia.
Por favor, no.

No son una tarea más.
No son una prueba de amor propio.
No son una obligación espiritual.
No son una manera elegante de seguir exigiéndote rendimiento.

Son un gesto de regreso. Eso es todo.

Un pequeño puente entre tú y tú. Entre la mujer que está sosteniendo mucho y la mujer que también necesita ser sostenida. Entre la que hace y la que siente.
Entre la que resuelve y la que simplemente quiere acostarse un momento con una mano en el vientre y respirar.

A veces volver a una misma no se ve épico.
No ocurre en una gran ceremonia.
No necesita velas, mantras ni ropa de lino.

A veces ocurre despeinada.
Con leggings viejos.
Con una canción sonando en la cocina.
Con los ojos cansados.
Con el corazón sensible.

Y aun así, ocurre.

Porque el cuerpo sabe.
Aunque tú te olvides a ratos, el cuerpo sabe volver.

Si hoy no sabes por dónde empezar

Empieza por el más sencillo.

Pon las manos sobre tu vientre.
Respira más lento.
Quédate ahí un minuto.

No para convertirte en otra mujer.
Sino para recordar que esta, la que eres hoy, también merece ternura.

Quizá no estás rota.
Quizá no estás fallando.
Quizá no estás “demasiado”.

Quizá solo estás cansada.
Quizá estás mudando de piel.
Quizá tu cuerpo está pidiendo una forma nueva de amor.

Y eso también merece ser escuchado.

Volver a ti no siempre requiere fuerza.
A veces solo requiere suavidad.

Tu cuerpo no te está abandonando. Te está esperando. Vuelve a ti como vuelves a casa: sin prisa, sin culpa, con amor. 

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